viernes, 6 de julio de 2007

Borrador #1. Todo empezó con Wilkins: El Poder de las palabras.

Para presentar en las VII JORNADAS DE SOCIOLOGÍA DE LA UBA: Michel Foucault y Las Ciencias Sociales.


El juego del título, esa figura retórica (tropo), la alegoría del cuento de Borges,
ese desplazamiento metonímico donde una parte, la referencia a Wilkins, se reemplaza por el todo, explica de que se trata este trabajo.
Justamente, que sea esa referencia literaria la que diera pié a las palabras y las cosas es un gesto que no debe pasar desapercibido. La experiencia misma del límite, el umbral que separa el discurso literario del de las ciencias sociales es puesta en el foco del asunto. Pretender un punto de vista que nos permita leer la Port Royal en la misma clave que leeríamos El discurso del origen de las lenguas, con un extrañamiento desconcertante, como un arqueólogo que descubre las ruinas de una civilización que ya no existe.
En este esquema la pregunta por la escritura generará tensiones que nos permitirá explorar la posibilidad de la literatura y las ciencias humanas.
Este problema, el de la escritura y el origen de las ciencias humanas –como puede ser presentado en “de la Gramatología” (J. Derrida, 2000) - tiene aristas convergentes con el planteo de Foucault de “las palabras y las cosas” (Foucault, 1998).
Estos dos puntos de vista singulares nos pueden brindar elementos para abordar el lenguaje desde una perspectiva que se atreve a deconstruir el límite entre el adentro y el afuera del texto. Poner la discusión del lenguaje por sobre las demás discusiones, entender la escritura como posibilidad de la ciencia, entender el discurso como algo más que un mero fenómeno lingüístico, abriendo un camino a cuestionamientos en los que los géneros discursivos se confunden, contaminan, generando una angustia de desasosiego que produce el vértigo de poder ver a través de las grietas.
Estas sensaciones de la lectura de las obras de Foucault como de Derrida, este efecto perlocucionario, este residuo retórico, es un elemento que no se debe dejar de ponderar. ¿Qué sería de “Viaje al final de la noche” de Celine sin este efecto “polémico”?
En este sentido consideramos que “de la gramatología” y “las palabras y las cosas” son dos obras que sacudieron el pensamiento y sentaron las bases para nuevas formas de concebir el mundo.
Este juego que plantea que la verdad está en el mismo goce de encontrar los nudos y articulaciones en una red de referencias. Que no hay sentido fuera del signo y esto planteado desde una visión crítica de Saussure.
Esto no es un dato menor. Debemos reconocer estas obras gestados en el apogeo de la revolución estructuralista, hablando de la cuestión del lenguaje pero criticando la noción de la estructura, de la complitud del sistema, de cierre que haga posible el juego de las diferencias y de toda la significación. Unos claros herejes.
Pero la deconstrucción se atrevió incluso a contemplar desde afuera, a la distancia, como un elemento extraño, acaso desconocido, al mismo estructuralismo cuando este alcanzaba su pináculo .
Aquí hasta estaríamos tentados de reemplazar anafóricamente “historiador de las ideas” por “arqueólogo”. Pero nuevamente aquí habría un otro gesto retórico. Realizar una arqueología de una ciudad que aún está viva, que no ha sedimentado en ruinas ni monumentos. Es así como Foucault –en su arqueología del saber- se atreve trabajar sobre el enunciado, sus agrupaciones y regularidades para sostener asertivamente: “A lo largo de este libro, ha tratado usted, con diversa fortuna, de desprenderse del membrete “estructuralismo” o de lo que se entiende ordinariamente por esa palabra.” (Foucault, 2002 p:333).
Aquí la noción de “pensamiento del afuera” adquiere otro sentido. El afuera adquiere un matiz de punto de vista más que de objeto.
Justamente esto es lo que nos interesa explorar, fundiendo en un mismo discurso las voces que se articulan en estos dos textos. Y nuevamente, no es solo la referencia, sino como es considerada.
“Las meninas”, la pintura de Velásquez es considerado como una formación discursiva. El arqueólogo capturó en esa pintura más que la imagen de la familia de Felipe IV. Pudo ver a través del ojo del pintor. Y a través de este ojo logró capturar en una mirada las condiciones de ordenamiento de la gramática que posibilitaron esa concepción de la realidad representada. El espejo del lenguaje que devuelve un reflejo de la natualeza.
La formación discursiva le brinda a Foucault otro alcance. El enunciado ya no es simplemente un enunciado sino las condiciones de posibilidad del mismo. En este sentido, las meninas también funciona como un enunciado. Esta idea es llevada al extremo en el ensayo sobre Magritte “Esto no es una pipa” (Foucault, 1989).
Volvamos, por un momento, a poner el foco en la escritura y el origen de las ciencias sociales. Esta es otra entrada a la misma cuestión de las condiciones de posibilidad de ciertas formaciones discursivas como pueden ser las ciencias humanas.
La Port-Royal sería en el caso de Foucault la referencia de esa formación discursiva que solo es posible a través de una episteme particular.
En el caso de Derrida la referencia es J.J. Rousseau y su discurso sobre el origen de las lenguas. En ambos casos la lectura tiene un efecto “exorbitante”. Sacan de su órbita al texto. Lo que resalta Derrida del texto de Rousseau es el “abismo”. Este abismo lo genera la paradoja de la escritura como suplemento. La noción de suplemento hace referencia a una exterioridad. La noción de un lenguaje natural que es la lengua oral y la escritura como algo externo y suplementario, innecesario y que ejerce la fuerza de la cultura. Esta idea rousseauniana de la naturaleza como un estado de libertad es rastreada en la gramatología hasta Lévi-Strauss.
El punto donde Derrida logra “sacar de órbita” al segundo discurso es con la paradoja de la suplementariedad , cuando expone que es en un texto –que además habla del origen del lenguaje- que Rousseau sostiene que la escritura es un accesorio innecesario del habla .
El trabajo de Foucault también se dedica a buscar el punto ciego de la episteme del siglo XVI y XVII. ¿O acaso al mostrarnos el punto de vista de la edad media señala nuestro propio punto ciego?
En las palabras y las cosas la cuestión del lenguaje es fundamental. La alegoría de la “prosa del mundo” nos dice que el mundo nos habla –según la episteme del siglo XVI y XVII- como en un lenguaje y que los ordenamientos de este lenguaje serán los ordenamientos del mundo .
Es por esto que acceder a las cuatro similitudes –la conveniencia, la emulación, la analogía y la simpatía-, los criterios de asociación semántica no es algo independiente del mundo. Es a partir de estas condiciones se puede establecer las cadenas o redes semánticas que ordenan el discurso sobre el mundo, la naturaleza, y el mismo lenguaje.
El discurso no es un suplemento lingüístico de un fenómeno óntico, sino el lugar a partir del que asignamos significado y orden al mundo. Lo que logra Foucault es poner al descubierto que la misma concepción del lenguaje en una época determinada refleja como lo que se entiende por el mundo, el hombre y la naturaleza. Lo que puede decir el discurso del saber del siglo XVI es el saber universal.
El principal criterio que pone en movimiento el juego de la representación es la similitud. Las cuatro similitudes “convenientia, aemulatio, analogía, y simpatía nos dicen cómo ha de replegarse el mundo sobre sí mismo, duplicarse, reflejarse o encadenarse, para que las cosas puedan asemejarse” (Foucault, 1998. p: 34.)
A propósito de la discusión en torno de la escritura que hemos introducido con Derrida; Foucault reconoce también la escritura como algo intrínseco del lenguaje en este período determinado .
En algún sentido el mundo europeo del siglo XVI y XVII reside en texto. La forma de acceder a ese texto es mediante la hermenéutica y la semiología. Siendo la semiología “el conjunto de conocimientos y técnicas que permiten saber donde están los signos, definir lo que los hace ser signos, conocer sus ligas y las leyes de su encadenamiento” y la hermenéutica el “conjunto de conocimientos y técnicas que permiten que los signos hablen y nos descubran sus sentidos (…)”(Foucault, 1998. p: 38.).
El lenguaje reside en los signos . La escritura en sí misma encierra la lógica de la naturaleza. Por eso mismo los europeos escriben de izquierda a derecha siguiendo el curso de los planetas, los hindúes, chinos y japoneses de arriba hacia abajo según lo que dicta la naturaleza de que los hombres deben tener la cabeza en alto y los pies en el suelo, o en el caso de los mexicanos que escriben en espiral como el curso del zodíaco. La naturaleza del lenguaje es la de “ser escrito”. Está en el hombre poder descifrar los signos que dios ha depositado sobre las cosas del mundo. A sí mismo, el lenguaje es también un objeto natural que se debe estudiar de la misma manera que las demás cosas. En este sentido la oralidad no ocupa un papel central para el lenguaje. El habla no hace otra cosa que evocar los sonidos de esa escritura.
Esta escritura no solo hace posible el juego de las semejanzas sino que funciona a partir de las mismas.
Quien se desplaza a través de esta concepción del lenguaje es el discurso de los siglos XVI y XVII que inscribe el mundo, las similitudes a partir de las cuales el mundo establece continuidades, orden y medidas.
El orden que impone la lógica de lo similar cierra las posibilidades de nuevas inscripciones. Ese discurso inscripto deja apenas espacio para el comentario. El discurso del siglo XVI y XVII solo permite decir las semejanzas. El comentario es un dispositivo que permite esta repetición indefinida del mismo discurso sobre el mundo.

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