viernes, 22 de agosto de 2008

Introducción al siglo XXI

Uno podría arbitrariamente poner un punto de referencia en algún momento del 2001, especialmente después del 11, para marcar ese punto en que esa diferencia -entre lo que las cosas "eran" y "debían ser" para nosotros, en especial para los cientistas sociales- hizo un corrimiento centrándose en esa nueva forma que tenemos de ver nuestra realidad. Es como si a partir de 1989 -como habían concluido los historiadores como Hobsbawm- el siglo XX hubiera finalizado y lo que vivimos en la década de los 90 hubiera sido como esa pequeña diferencia que se fue acumulando hasta que estalló en una realidad que ya se había corrido del todo respecto de la marca que había establecido el siglo pasado. El siglo XXI irrumpió de forma brutal. Casi como en el cuento de Rangnarök de Borges donde "soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos", necesitamos del horror de las destrucción de las torres gemelas para explicar que ya viviamos en un mundo donde estas ya no existían. En este sentido, como una crónica anunciada, las torres gemelas ya habían desaparecido. Su tiempo ya pertenecía al pasado, al siglo XX, un tiempo con otra arquitectura y proyectos políticos. Esta nueva realidad política del siglo XXI ha trazado nuevos senderos con un porvenir poco predecible. En este sentido la entrada al siglo XXI es una ruptura radical con la realidad anterior.

Para ilustrar esta distancia, diferencia en la realidad, en la cosas, las categorías donde clasificabamos las observaciones se han deslizado haciendo difusas sus fronteras vale mencionar un capítulo reciente del programa de televisión "Los Simpson". En este capítulo de los Simpson Homero y Marge evocan su vida en los años 90. Un elemento que llama la atención en esta crítica casi revisionista de los 90 es cuando hablan del presidente Bill Clinton. Homero -el de los años 90- enfatiza irónicamente que nunca habrá un presidente peor que Bill Clinton. Esto significa que para la realidad de los años 90 -o del siglo XX- lo peor que podía hacer un presidente era tener sexo con una pasante en la casa blanca. Para la realidad del siglo XXI demuestran que el fraude electoral y mentir para invadir militarmente un país no son cosas tan graves. Esa es la distancia entre el siglo XX y el XXI.

Así como el siglo XX se agotó con el proyecto político del comunismo, el siglo XXI inició con la propuesta de hegemonizar la democracia norteamericana a escala planetaria, para -en palabras de Fukuyama- ponerle fin a la historia. El siglo XXI comienza con la pretensión de un mundo unipolar que no ha dejado de ser erosionado por la misma arbitrariedad de los Estados Unidos que ha abierto una nueva discusión sobre la democracia.

Durante la década del 90 la discusión de la ciencia política se centraba en la cuestión de las probabilidad de sobrevivencia de la democracia en distintos sistemas política y se reducía distinguir si las condiciones determinantes eran económicas (Przeworski) o culturales (Lipset). Hoy la pregunta -implícita- es ¿que es la democracia? Acaso la democracia puede ser un regimen hostil y capaz de generar inestabilidad al mismo interior de la comunidad de naciones. Aunque sigue irrefutable el aforismo de que "las democracias nunca entran en guerra con otras democracias", la realidad es que las democracias pueden responder con violencia y unilateralmente defendiendo intereses en términos narcisitas.

El otro grupo de democracias del hemisferio norte -Europa- ha realizado un redescubrimiento de la política que ha transormando su entorno de forma radical. El camino recorrido por Europa en estos 100 años ha transitado por la devastiación de la guerra a la construcción de una comunidad política -que a pesar de sus propios desafíos- vive en prosperidad e integrada pluralmente. El siglo XXI presenta una nueva invención de la política: la Unión Europea. Esta nueva forma de organización supranacional anticipa un movimiento de integración en bloques regionales que paulatinamente no hacen otra cosa que afirmar el declive de la dominación global de los Estados Unidos.

Si el siglo XX fué el siglo de occidente, del centro, el siglo XXI es el siglo de la periferia. El siglo XXI comienza con la afirmación de otra identidad. El siglo XXI comienza con la voz del otro, con la apertura de un afuera maligno que se afirma en rechazo y como resistencia al modelo norteamericano de democracia.

Este afuera es diverso y en algunos casos disputa el centro, la pretensión de poder universalisar su propia visión del mundo. Uno podría decir que a partir del 2001 aparece en escena el mundo musulman, el cuál fué utilizado por los neoconservadores para constituir un enemigo externo que pudiera reunificar a la nación americana después del fraude electoral que llevó otra vez al poder a los Bush.

La "cuestión musulmana" abre una nueva serie de problemáticas no solo sobre su propìa identidad, sino sobre la misma identidad de occidente. El caso de Francia y la prohibición del velo muestra las tensiones y resistencias en los procesos democráticos europeos.

Pero el afuera no solo está constituido por el mundo musulman exclusivamente sino por lo que fue conocido en el siglo XX bajo el nombre de tercer mundo. El tercer mundo, que pasó por el término "paises en vías de desarrollo", hoy busca su propia autonomía resistiendo a ubicarse en tercer lugar detrás de nadie. El caso más ostensible de esto es China. El fenómeno de China indudablemente amenaza con desplazar el eje del capitalismo. China se presenta como un fuerte contendiente a ser la potencia económica del siglo XXI. Esto implica consecuencias no esperadas que afectan de distintas maneras a distintos actores.

Este fenomenal desarrollo de China ha introducido muchas discusiones, entre las cuales está el interrogante de como podría ser un país de más de mil millones de habitantes que brindara el mismo confort de vida que las democracias. En este sentido está claro que China se presenta como un mercado gigantesco. Pero este nuevo nivel de producción masiva levanta el interrogante sobre los recursos naturales.

En este escenario de nuevas demandas de recursos naturales, Americana Latina, que ya por más de dos siglos había desplegado una estructura de producción extractiva, aparece como un gran candidato de seguir abasteciendo al mundo pero bajo un nuevo regimen.

2001 signa también para Latinoamérica un nuevo camino. Comenzó una nueva convergencia política solo comparable con los procesos de democratización de los años 80 del siglo XX . Emergen en latinoamerica una serie de gobiernos populares -o populistas- que revierten dramáticamente la direción establecida por el neoliberalismo en la región durante los años 90.

Este nuevo esquema presenta el viejo esquema de paises exportadores de materias primas bajo un nuevo regímen donde los Estados Nacionales capitalizan este intercambio comercial. Tales son los casos de Venezuela y Bolivia con la estatización de los hidrocarburos y la Argentina con las retensiones al campo.

Esto presenta un escenario de prosperidad económica para las cuentas de los Estados, que poco tiempo atrás atravesaban un período de banca rota. Esto les permite -en distinta medida y frente a distintos problemas- cierta estabilidad política que permite a estos proyectos políticos extenderse por segundos mandatos buscando consolidarse y proponer estilos nuevos de democracias.

El gran interrogante político sobre américa latina es cuál será su modelo de democracia. Está claro que el populismo en sus variantes menos institucionalizadas (Venezuela) a más institucionalizadas (Argentina) han logrado introducir nuevos contenidos a la democracia como la participación y los derechos humanos. Entre las formas más radicales se asoma una democracia más participativa donde la ciudadanía organizada decide de forma asamblearia para gestionar locamente sus necesidades políticas. Este mismo erosiona el mismo centro que trata de hegemonizar esa misma práctica política creando más inestabilidad y dejando en última instancia que se siga imponiendo el orden institucional dado.

La cuestión de los recursos naturales y su escasez frente a las nuevas demandas del mundo han hecho de la ecología un tema central. Durante el siglo XX la ecología seguía siendo un tema marginal. Eran pocos los casos -el partido verde alemán- de proyectos políticos que consideraran la ecología. Lo que muestra un cambio en esta tendencia es la campaña de Al Gore que busca introduzir esta discusión en el seno de la opinión pública de la nación que más contamina en el mundo. Evidentemente el partido demócrata está perdiendo el interés en el tema al introducir otras cuestiones como género y raza en estas elecciones.

Tal vez uno de los hechos que modificará de forma más radical la fisonomía del siglo XXI será -algo que ya se prevee- el agotamiento del petróleo. El agotamiento del petróleo y la búsqueda de nuevas fuentes renovables es el desafío energético más grande de este siglo.

Después de esta introducción podemos hablar de lo que específicamente tratamos aquí. Aquí es donde aparece este dilema, sobre lo que debemos hablar o decir sobre el método que utilizamos o debemos utilizar para abordar esta realidad del siglo XXI.

posmodernismo, post-modernismo, post-estructuralismo, postmoderno, modernidad

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