sábado, 9 de junio de 2012

No solo eran nazis. Había de todo.

En estos cacerolazos se manifestó una serie muy diversas de demandas, democráticas y no democráticas, autoritarias, de sector, de clase, de raza, de nación, de derechos y de privilegios. Se reivindicaban muchas cosas, la libertad -de expresión, económica-, la democracia, las instituciones, el respeto, la dictadura, el terrorismo de Estado, el racismo, los privilegios de clase, el pacifismo y la violencia. Esto evidencia una cosa. Esto no es un movimiento unificado, no eran todos iguales y no todos pedían las mismas cosas. También mucha gente, aprovechando esta libertad que se denuncia no existir, para atentar contra la misma al intentar cerrar en una particularidad no solidaria. El verdadero deseo democrático de esta(s) demanda(s) es atentar contra el principio democrático de la mayoría (al cual personalmente no adhiero) discriminando una identidad popular que atenta con la noción de sujeto hegemónico que sostiene las elites que se siguen considerando dominantes. Sin duda asistimos a una doble tragedia, donde los que denuncian la falta de democracia, utilizan esta misma para restringirla, discriminarla y abolirla en nombre a la libertad y la virtud del egoísmo. Los héroes de esta cruzada por la libertad y la democracia levantaron los estandartes de antaneo del terror. Pidieron de forma violenta por la paz y la tolerancia. No dudo de la buena intención de muchos o todos los participantes de esta manifestación. Pero no son las intenciones las que cuentan tanto como los acontecimientos, lo que sucede en una situación dada, como esta, donde la gente que quería manifestar su deseo de más libertad y democracia terminó manifestando la intolerancia y el autoritarismo (impotente).

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