jueves, 23 de octubre de 2014

Manifiesto del pensamiento sádico.

Nosotros, los forzados.
Manifiesto del pensamiento sádico.

Un esfuerzo más es una demanda de amor donde, como se nos ha mostrado, se cuela la causa del deseo. Y nosotros, los forzados, queremos serle fiel a la piel sincera de éste. Que el refuerzo de nuestra causa no sea otra que la misma causa del deseo, esto es por lo que no nos permitimos no ceder en él. Porque este deseo descarado es y debe ser el tambor de nuestro pensamiento, el contragolpe de nuestra política.
Que se acaben todas las apuestas, hay una fuerza invencible, cósmica que nos reclama fidelidad sobre la que nada hay que apostar. Estamos cansados de que no sea escuchada, de que no sea escrita. A los apologetas de la introducción, el desarrollo y la conclusión, les oponemos una gramática de la carcajada y del látigo. ¿Quién nos legitima? Nosotros, judíos-alemanes, latinos afrancesados, troskos con humor, peronistas con abdominales. Estamos cansados de pagar los platos rotos de la casta académica y sus pies de página, y cansados del aura de la clase ensayística de los nombres inmaculados. Queremos ahora, ya, pensar una cumbia académica, que ruede por las autovías del sur con axiomas matemáticos, rizomas eléctricos y genealogías milenarias. Es momento de llevar las barricadas al gélido horizonte del paper y sofocarlo, momento de ser el mayo del `68, ser el ’83, el ’85, el 2001, el 2003, el 2009. Es tiempo, ahora, ya, de forzar todos los mayos de la historia y hacer un nuevo calendario, uno de puros mayos. Es momento de hacer del sol de mayo nuestra escritura, aquí y ahora. ¿Quién nos pide más? ¿De dónde viene esa fuerza que nos refuerza en nuestro esfuerzo? Viene, como todo lo que viene, del pasado irredento que abre el futuro de nuestros presentes. Somos, y allí nuestra ontología, la política, la relación infinita y dolorosa con el Otro. El Otro que nos obliga y nos conmina, en un mismo movimiento, a la ley y a la institución. Somos la ley del deseo, infinito, la pregunta que bordea al Yo del Otro, la pregunta que desfila por el abismo del autismo pero también de la heterogeneidad. Nosotros, los forzados, somos lo imposible y su institución.   
Decimos a coro: no hay coreografía sin dirección, ni tampoco director sin coreutas. Pero con las tensiones, con las complejidades, con los pliegues no nos alcanza. Queremos más, más forzamiento, más torsión, más distorsión. Queremos ser el paradigma de la subjetividad, aquella que se hace y deshace entre las formas de la ley que nos bordan y desbordan en un movimiento infinito, el del deseo. Queremos un nuevo cierre, pero un cierre roto, que cerrando el abrigo hacia arriba lo abra por debajo. Nuestra tarea es el infinito y la chicha con limonada.
Latinos en Miami, becarios en Europa, ontologías cordobesas, peronismos transnacionales son nuestras armas para seguir combatiendo al Capital. Contra el mercado destituyente, nuestro látigo es volver a pensar en Estado(s), en los más diversos estados de los Estados sin ser Estado-céntricos ni Estado-escépticos ni Estado-condescendientes. Nos queremos como Estado-pensantes. Pero no hay allí una pura expresión de una voluntad popular mayor, ni tampoco una mera representación autónoma. Nuestro Estado es y será performático y representativo, una nueva geografía que abrazará al cosmos entero, una escena de múltiples escenarios. Nuestros derechos están formados con las promesas de los hechos, pero también nuestras calamidades, por eso nos forzamos a pensar, a agotar todas las posibilidades del pensamiento infinito, tarea imposible de por sí, del pensamiento contra el Capital y por la emancipación situada en esa Latinoamérica transversal que baila y lucha en todos lados. Y que lucha contra esa Latinoamérica de zapatos náuticos y precios internacionales. Contra ella, y sólo contra ella es posible el Estado y la ley que tanguea en el deseo. Contra su travestimento plural y tolerante, contra su sacralización de la vida y de los cuerpos, contra su vals de alteridades que no interpelan. Porque asumimos que el otro no enfunda el paraíso ni tampoco el infierno, sino lo único que nos interesa: la política. Y nosotros, los forzados, pensamos políticamente el pensamiento de la política y la política del pensamiento.
Podrán acusarnos de almas bellas, a ellos les decimos: sí, almas bellas que imitan la belleza de los bailes populares; podrán acusarnos de barroquismo conceptual, a ellos les decimos: sí, conceptos barrocos que imitan el barroquismo villero que violenta todas las hermenéuticas; podrán acusarnos de sublimes ejemplos del puro pensamiento sin acción, a ellos les decimos: sí, pensamiento que abre la sublime acción de pensar en común.
Somos los forzados a pensar, pero a pensar como los topos del pensamiento, en sus baches, en sus intersticios, en sus contradicciones, en y contra sus tradiciones. Nos manifestamos como los herederos del desastre y de la potencia, sin ceder a uno ni a la otra, nombramos eso que ahí se cuece como pensamiento político o como la política del pensamiento. No nos interesa el desierto, sino sus detalles. Sostenemos el martillo en una mano y en la otra el meteorito que nos destruirá.
Hay que acabar de una vez por todas con las dicotomías, esa es nuestra máxima. Con la dicotomía pensamiento o escritura que nos esteriliza, con la dicotomía pulsión o ley que nos emboba, con la dicotomía plebeyo o intelectual que nos aburre. Somos la plebe que piensa con subsidios del Estado, y sin remordimientos bien pensantes por eso. Queremos dejar de ser filósofos susurradores para ser pensadores del grito y del silencio, del borde de las letras, de las imágenes cargadas de energías tan pero tan poco humanas que nos implican en el infinito inhumano. Somos los púgiles que se escuchan oreja a oreja mientras se hablan del puño al mentón, esa es nuestra única intimidad con lo otro. No nos interesa ya la llamada del ser sino el golpe del otro. Somos los hijos pródigos de Sade y su panfletario. No nos volvemos sobre nosotros, sino sobre lo que nos sobra, lo que nos desobra, sobre el plus que nos fuerza en cada centímetro de nuestros órganos ya incorpóreos.    
Mecemos la reflexión en nuestros sillones, sí, pero sádicamente. Nuestro sillón es la víctima absoluta. Sádicos de pensamiento, nos forzamos una y otra vez a esa tarea infinita, la de pensar en el deseo. Y aquí, ahora, sólo seremos los abogados de esta tarea, un manifiesto de nosotros mismos.

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