sábado, 24 de octubre de 2015

Libertad, igualdad y fraternidad: Paradojas del final de una era

Libertad, igualdad y fraternidad: Paradojas del final de una era


Esta reflexión fué generada a raíz de una discusión en twitter sobre el neoliberalismo. Un defensor de la libertad, igualdad y fraternidad, se burló y calificó de absurdas algunas citas de Byung-Chul Han -la nueva celebridad de la filosofía- que difundí en esa red social. Esto me llevó a pensar como se pueden entender hoy estos principios liberales desde el mismo liberalismo.

Es necesario comenzar por algo evidente. "Libertad, igualdad y fraternidad" es una declaración del siglo XIX, en algún sentido para nuestro presente, una época ya lejana. Podemos pensar este retorno al pasado como una suerte de nostalgia, de recuperar algo perdido, de restaurar la vitalidad de algo "antiguo".
Sin embargo estas viejas ideas de la libertad, igualdad y la fraternidad, tienen gran vigencia en el presente.

Se han acuñado términos como "neo-cons" o "neoconservadores" para referirse a este gesto de mirar al pasado y querer restaurar los principios liberales del siglo XIX. Sin embargo este movimiento a partir de los años 80 del siglo XX se ha vuelto la fuerza política más innovadora, con propuestas de cambio (reformas) y un programa claro y concreto. Las izquierdas, por el contrario, se volvieron conservadoras, no supieron generar nuevas propuestas ni convocar a otros movimientos sociales (como los feminismos, ecologistas, entre otros), y cuando eventualmente obtuvieron el poder llevaron adelante medidas neoliberales: y el laborismo de Tony Blair es el mejor ejemplo de esto. Mientras la estrategia política de la izquierda se desintegraba la derecha consolidaba los mecanismos e instrumentos de un nuevo orden global: el neoliberalismo.
 En definitiva, a finales del siglo XX vimos la clausura de cualquier proyecto revolucionario y la reforma liberal se volvió el único camino viable para la política. En drástico cambio de marea la izquierda se replegó desordenadamente y la derecha tomó la iniciativa avanzando firmemente.

La pregunta aquí es sobre ¿Que relación guardan los principios de libertad, igualdad y fraternidad con el neoliberalismo? ¿Que democracia se reivindica hoy estos principios de la revolución francesa?
Reflexionemos sobre estos tres principios uno a la vez.
La libertad es un atributo de los individuos. La noción de individuo se refiere a elementos abstractos. El individuo es una parte indivisible, una unidad mínima, que puede tener múltiples referencias, tanto abstractas como concretas, analíticas ó reales, posibles ó inexistentes. El sujeto (histórica y geográficamente localizado) es una categoría completamente diferente. Por un lado se encuentra en una situación concreta, dentro de un proceso específico, sujeto a las fuerzas de un entorno real; y se puede descomponer -gracias al psicoanálisis- (como lo hizo la mecánica cuántica con el átomo) en sus componentes constitutivos (el yo, el superyó y el ello) del aparato psíquico. Pero el liberalismo ya denunció "la miseria del historicismo" volviendo de la historia materialista a una especie de nuevo idealismo.
En este sentido la historia del individuo ya no es memoria de la experiencia de los sujetos en relación a su despliegue vital y material en el tiempo, sino las dispersiones singulares de las partes de un todo en situaciones reales o imaginadas. En otras palabras, la libertad del individuo puede, ó no, hacer referencia a situaciones concretas, reales, sino posibles. En este sentido, el individuo es libre incluso si no ejerce la libertad, porque lógicamente podría hacerlo, y por tanto es libre de tomar la decisión, incluso de no ser libre. La renuncia a la libertad se puede considera una forma de ejercicio de la misma. Elegir ser libre ó no es en definitiva un acto de una voluntad libre.

Dejemos atrás esta lógica y preguntémonos ¿Cual es hoy el país más libre? Preguntémosnos, en un sentido liberal, ¿Donde existe hoy la mayor libertad económica: de empresa? La respuesta en sí plantea una paradoja, porque no es Estados Unidos, la cuna de la democracia, donde existe mayor libertad de empresa. Por el contrario, en ese país existen incontables restricciones ambientales, impositivas, regulaciones de todo tipo, y ni hablar del trabajo, sus derechos y  sus uniones  gremiales y sindicatos. En estos términos no podemos considerar a Estados Unidos un país con grandes libertades económicas.
China, por el contrario, ofrece muchas más libertades económicas que Estados Unidos. En China se puede producir prácticamente cualquier cosa sin importar sus consecuencias medioambientales ni sociales. En términos de libertades económicas, China tal vez esté a la cabeza. En China no hay demasiadas restricciones, regulaciones, ni derechos laborales, para producir con un modelo de libre empresa. En China se pueden realizar actividades industriales que en muchas democracias desarrolladas estarían prohibidas.
La libertad aquí presenta una paradoja: el país con mayor libertad de empresa no es una democracia de un país capitalista. Por el contrario, la mayor libertad de empresa se encuentra en (lo que muchos liberales) llamarían una "dictadura" "comunista". El país con mayor libertad de empresa (y mayor cantidad de millonarios del planeta) no existen las libertades individuales, como la de expresión, elección libre de las autoridades, y amparo de los poderes del Estado.
No deja de ser un problema, por una cantidad de cuestiones, que el motor del liberalismo económico sea un país "comunista". Esta realidad nos muestra que la libertad económica no florece ante una total ausencia del Estado, sino por el contrario, mediante un Estado avasalladoramente controlador (algunos dirían totalitario).
Sigamos adelante con la Igualdad. Se ha insistido sobre la igualdad que se trata de una igualdad ante la ley. El siglo XX ha mostrado que incluso las mismas leyes sirvieron para establecer diferencias. El caso del sufragio femenino es un buen ejemplo de ello, y que la segregación racial en Estados Unidos se estableció mediante leyes. Incluso después del reconocimiento de los mismos derechos para la gente de color (producto de una ardua lucha) aún su ejercicio pleno en algunas regiones de ese país sigue siendo un problema. Concretamente podemos decir que las leyes tampoco han podido garantizar la igualdad y en algunos casos fueron las mismas las que generaron estas desigualdades. 
Si pensamos esto mismo hoy resulta aún más problemático. Las democracias desarrolladas, bajo la acción afirmativa (afirmative action) -lo que podríamos llamar "discriminación positiva"- han sancionado leyes que garanticen una distribución equitativa del poder garantzando la participación de, por ejemplo, mujeres y minorías raciales, en la política y la economía.
Las mismas leyes, principio de la igualdad, hacen diferencian entre distintos grupos, circunscribiendo su aplicación y renunciando a su pretensión de universalidad, para garantizar la igualdad (o podríamos decir equidad para ser más justos).
La ley, en materia tributaria, tampoco tiene un principio igualitario. La ley no considera de la misma manera a los a los que más tienen y los que tienen menos. Los regímenes impositivos establecen diferencias y no somos iguales a la hora de pagar impuestos. En muchos casos, proporcionalmente, la gente con menos dinero paga más impuestos que la gente más rica. Tal vez la última cuestión -muy discutida actualmente- para mencionar sobre la igualdad ante la ley podría ser el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esto es una clara evidencia de que las personas homosexuales no son iguales ante la ley que las personas heterosexuales.
Pero olvidémonos por un instante de la igualdad formal, la igualdad jurídica. La cuestión de género ha surgido como una resistencia a esta idea de igualdad que no puede dejar de ser ignorada. Los distintos movimientos feministas y LGBT han planteado más que la igualdad, la diferencia. Muchos de estos grupos, en contra de aspirar a una asimilación igualitaria, demandan un reconocimiento que afirme su diferencia. Esto plantea para la democracia, más que un problema para la igualdad, un desafío del reconocimiento de las diferencias.
Lo último que podemos decir sobre la igualdad es que para el 2016 se especula que el 1% de la población podría acumular el 50% de la riqueza total del mundo. Esto señalaría que vivimos en una era de gran desigualdad en la distribución de la riqueza. En este contexto es muy difícil pensar en igualdad más allá de un atributo formal ante la ley de un individuo abstracto. Es evidente que para la ley y la democracia la igualdad ha adquirido nuevos sentidos y dimensiones.
El tercer término, la fraternidad, habla por sí misma a través de la realidad que muestra nuestro presenta. Hoy el mundo no presenta demasiado espíritu de hermandad. No podríamos decir que la hospitalidad pueda caracterizar ni al mundo ni a las democracias. La competencia -más que la colaboración- , ocupa hoy un lugar de gran importancia en cualquier sociedad capitalista. La competencia es un principio fundamental del liberalismo. Es uno de sus pilares. Esto hace muy difícil pensar la fraternidad a partir de la competencia en el liberalismo. Para el liberalismo lo mejor que uno puede hacer por otro es ser egoísta. En principio, para el liberalismo, ser egoísta es la mejor manera de ocuparse de los demás. Pero sin entrar en demasiado debate, muchas veces las respuestas más simples terminan siendo las más lógicas: ocuparse de uno es lo mejor para uno, y preocuparse por los demás lo mejor para una comunidad.
Pero el aspecto más duro de la fraternidad no se encuentra en la competencia y el egoísmo sino en la hostilidad. Las naciones, incluyendo muchas democracias, han tratado, más que con hospitalidad, con hostilidad y violencia a otros pueblos. La invasión de Irak es tal vez el caso más paradigmático de la hostilidad entre naciones y de la violencia que las democracias son capaces de desplegar. La guerra y no la paz es lo que ha prevalecido en este nuevo siglo.
Hoy el problema de los refugiados por la guerra en Siria y el rechazo europeo de brindarles asilo es una muestra de la ausencia de fraternidad. Europa, Francia misma, cuna de estos ideales, ha abandonado cualquier aspiración de fraternidad. Por el contrario se ha volcado en la dirección opuesta y adoptado una posición hostil incluso hacia muchos de sus mismos habitantes basados en principios étnicos y religiosos, como algunos de los regímenes más horrorosos que supo ver la humanidad durante el siglo XX.

Para ir concluyendo. ¿Que ha sido de la libertad, la igualdad y la fraternidad en nuestro tiempo?
Por un lado vivimos un resurgimiento del liberalismo y la reivindicación de sus principios. Éste retorno al liberalismo y las ideas del siglo XIX señalan una nueva forma de conservadurismo que paradójicamente se ha establecido políticamente como una fuerza pujante -sin oposición- de cambio, transformación y progreso. Pero sus principios -como la libertad, la igualdad y la fraternidad- plantean enormes problemas para pensar la democracia en nuestro tiempo.
Que el motor de la libertad económica se sostenga mediante la privación de las libertades básicas plantea un dilema fundamental. ¿Puede existir la libertad económica garantizando las libertades individuales? ¿No se encuentran enfrentadas? Podemos especular teóricamente todo lo que queramos, pero la realidad nos presenta otra cosa.
Vivimos en una era de grandes desigualdades, tanto ante la ley como económicas. Por un lado la ley ha intentado compensarlas discriminando positivamente a quienes son tratados desigualmente, como medida compensatoria. Esto nos haría pensar en la renuncia a la pretensión de universalidad de ley y dudar del principio de igualdad jurídica. Por otro lado ciertos movimientos sociales demandan al Estado el reconocimiento de la diferencia planteando nuevas lógicas democráticas.
Vivimos en un mundo hostil. Sería muy difícil, a partir de la realidad, pensar la fraternidad -tanto hacia otros países como hacia el interior de una población- como un valor democrático. El mundo, los países ricos, no han brindado su hospitalidad a quienes la necesitaban desesperadamente.

No podemos terminar sin preguntarnos ¿En que clase de liberalismo vivimos?
No puedo encontrar respuesta a esta pregunta. Sólo se me ocurre parafrasear a Hegel quien sostiene que la historia se repite, la primera vez como comedia, la segunda como tragedia.

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