viernes, 6 de noviembre de 2015

El camarada Stalin

Por los menos podemos decir de Stalin que liberó al mundo del nazismo. ¿Pero de que nos liberó Steve Jobs? En algún sentido hasta podemos decir que nos sometió a un nuevo régimen de control mucho más poderoso que el de la Checa: la policía secreta de Stalin. Incluso el mismo Stalin sentiría cierta envidia del logro de Jobs. Su dispositivo de control y vigilancia no se impone mediante la violencia, sino por el contrario, se implementa voluntariamente por los individuos, sin mencionar que además lo hacen con entusiasmo y hasta están dispuestos a pagar absurdas sumas de dinero de sus salarios para obtenerlos.
Esta nueva tecnología es muy superior a cualquier intento de la policía secreta soviética porque se infiltra transversalmente en todos los aspectos de la vida de los individuos. Lo familiar, lo afectivo, lo laboral, planteando una transparencia que hace ya absurda cualquier aspiración a infiltrarse en la vida de las personas por otros medios de vigilancia para averiguar aspectos privados de las personas.
Nietzsche habla del eterno retorno. Freud lo identifica con más precisión este retorno: lo reprimido. Una de las grandes aspiraciones de Steve Jobs era destronar al gigante -frío e impersonal- de la informática que era IBM. Esta compañía era para Jobs un monstruo monolítico y totalitario como lo podía ser la Unión Soviética. Con ese mismo impetú revolucionario, de romper las cadenas del sometimiento y brindar libertad a la gente creó su propia empresa de imformática ya bien conocida: Macintosh.
En 1984 Jobs y Macintosh hicieron manifiesta (en su comercial para el Superbowl) su aspiración romántica con una alusión literaria a la novela de George Orwell. El Estado totalitario dominado por "Gran Hermano" que aludía a IBM, era desafiado y vencido por esta nueva fuerza liberadora. Macintosh traía una promesa anticipatoria que brindaría un nuevo régimen que nos rescataría de un mundo gris, opresor y de tristeza. Macintosh era la promesa revolucionaria de libertad de un nuevo mundo libre.
Pero Macintosh terminó pareciéndose más a lo que intentaba combatir que a lo opuesto. Terminó creando un nuevo orden totalitario,
Pero más allá del régimen totalitario de Macintosh, la figura del líder amado, encarnado por Jobs, presenta ciertas similitudes con el culto a la personalidad cultivado en la Unión Soviética por Stalin. Un líder amado y despótico, responsable de todos los logros del régimen, una figura mítica atesorada en el corazón de su pueblo, que a pesar de su cercanía, se mantenía distante de su gente.
Efectivamente Jobs con Macintosh nos liberó -como los bolcheviques- de la opresión del Zar, en este caso el monopolio de IBM, y nos sometió como la Unión Soviética a un nuevo régimen de libertad de su nuevo imperio. Nos liberó de la opresión triste e impersonal de IBM para establecer una opresión alegre y colorida. Este régimen no utilizaba un poder duro como el de Stalin sino uno blando. Nadie estaba obligado a someterse a él, sino por el contrario su entrega era voluntaria. Y así voluntariamente todos se entregaron a sus dispositivos de control. Dispositivos que controlan como realizamos actividades centrales de nuestra vida como el acceso a la cultura, la manera que nos comunicamos, establecemos vínculos con los demás y llevamos adelante nuestros trabajos y actividades productivas.
Hoy cualquier situación cotidiana de la vida pública presenta una escena estéticamente hermosa opuesta a la planteada por Orwell en 1984. Pequeñas pantallas observándonos en cada momento íntimo de nuestras vidas. Pero la dictadura de Macintosh se parece más a la propuesta de Huxley de un mundo feliz, donde este sometimiento no solo es voluntario sino que además aceptado con felicidad. Este control es recibido con alegría.
Stalin reconocería la superioridad de la estrategia de Jobs que remplaza la felicidad por el miedo para alcanzar el mismo fin. No solo por su entrega voluntaria a este régimen de control sino además por la superioridad tecnológica del mismo que le permite penetrar con más profundidad en los aspectos más íntimos de las vidas de las personas. Algo que supera todo sistema de vigilancia que se le impone a los individuos para espiar sus hábitos, que hace que los mismos vigilados con la más alta disposición sometan sus vidas privadas al escrutinio público.
Podríamos decir que a diferencia de Stalin a Jobs le interesaba el dinero. Pero también podemos pensar que al igual que Stalin a Jobs le gustaba el poder. Sin duda el dinero era un factor importante. Pero Jobs se las rebuscó de todas las maneras posibles para obtener la mayor cantidad de dinero posible para él, incluso desafiando los mismos marcos jurídicos que restringen su asignación  dentro del sistema de empresa. Esto justamente es una indicación de su apetito de poder. El dinero no era suficiente. Necesitaba demostrar que se encontraba por encima del sistema, que las reglas no so aplicaban a él, que como Stalin, era el sujeto más poderoso y que podía ejercer despóticamente su gobierno por encima de ley.
Macintosh planteó un dispositivo que controla la circulación y manera en que nos relacionamos con la cultura, los demás y las actividades de nuestras vidas. Es en definitiva una tecnología de poder que gobierna la forma que vivimos. Algo muy similar a lo que se proponía Stalin. Jobs tuvo la visión de renovar una tecnología vieja incorporando una serie de aspectos estéticos y prácticos que no solo consiguieron una aceptación global más grande que la que el comunismo soviético pudo imaginar y sin tener que forzar violentamente su aceptación.
Aunque el comunismo desapareció se mantienen algunas de sus reminiscencias alegres que se expanden por el mundo consolidando una tecnología de gobernabilidad sin precedentes en la historia.
Stalin nos liberó de los nazis. La pregunta que nos hacemos es de quien nos liberará Steve Jobs.