lunes, 22 de agosto de 2016

La vida como proceso tecnológico

La vida como proceso tecnológico 

Publicado en la revista Regia #30 Abril 2016

Ilustración: Germán Bardo
 

La vida se encuentra en un momento de definición incierta sujeta a los saberes y prácticas de la genética e informática, a tal punto que su producción no se encuentra sujeta a ninguna necesidad biológica sino a la demanda de un mercado global. El organismo biológico ya no es el protagonista de la vida; la molécula, en especial la de ADN, se ha convertido en el principio fundamental en el que se basa y considera la existencia orgánica. El ADN, en tanto herramienta de transmisión de información genética como mecanismo genérico de la vida, fue reducido a un código, a una secuencia de información como la que utilizan las máquinas para funcionar.
La discusión sobre la vida hoy deja ver -por lo menos- tres problemas. En primer lugar, la reducción de la vida a una noción de información y su consideración a nivel molecular más que orgánico; en segundo lugar, el uso de la biotecnología para la creación de nuevas formas de vida y sus implicaciones bioéticas; y por último la asimilación de la vida a los procesos tecnológicos y el moldeado maquínico de las formas de vida.

La vida como proceso informático de transmisión genética
Richard Dawkins afirma que el gen de ADN se comporta de forma egoísta, compitiendo para preservarse mediante la transmisión de su información genética y estabilizando un rasgo dominante en una serie autoreplicante. El organismo biológico no sería más que el “vehículo”, un ensamblaje biológico, una máquina de supervivencia. Dawkins se refiere a los genes como “gangsters de Chicago” dispuestos a cualquier cosa por sobrevivir.
La cibernética -que devendría en la informática- como teoría general de la información proveyó un marco general de funcionamiento de los procesos de transmisión de datos que sentarían las bases de la biotecnología. Wiener en 1958 sostenía que “(…) no existe ninguna distinción absoluta entre el tipo de transmisión que utilizamos para enviar un telegrama de país a país y los tipos de transmisión que son posibles, por lo menos teóricamente, para transmitir un organismo vivo, tal como un ser humano”. Dentro de la misma corriente John Von Neumann introdujo el concepto de máquina autoreplicante describiendo los procesos tecnológicos de preservación del sistema mecánico por medio de su autoreplicación. Esta noción fue una de las que abrió el campo de la investigación en inteligencia artificial y los nuevos modelos biológicos basados en la información.
A mediados de los años 70 y desde la biología molecular, los científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela postularon en su obra Autopoiesis y cognición un esquema de organización de la vida basado en el modelo informático que no hacía referencia alguna a la transmisión genética. La autopoiesis se refiere a un proceso autónomo de organización biológica de la vida y la cognición al principio de unidad de la percepción entendida como un proceso de transmisión de información entre sus componentes biológicos para garantizar su integridad por medio de un sistema nervioso. Este esquema contribuyó a considerar nociones más “operacionales” de la vida que dieran cuenta de ella a partir de la observación del ejemplar o lo viviente de manera aislada. Se hace referencia a esta idea como la “noción de la vida de la NASA”, esto es, cómo distinguir en un viaje espacial si un objeto está vivo. El concepto de autopoiesis también influyó en la investigación sobre inteligencia artificial en el campo de la percepción y hasta en la sociología, dentro de la cual Niklas Luhmann adoptó la noción para describir los sistemas sociales como sistemas autopoiéticos complejos.
.Biotecnología, nuevas formas de vida, y dilemas bioéticos
La vida en tanto información implica que puede ser aislada, almacenada, reproducida, y recombinada creando nuevas formas de vida. La compañía química DuPont está realizando experimentos combinando información genética de oveja con la de araña para desarrollar nuevos materiales. Monsanto casi ha monopolizado el mercado agrícola de semillas para cultivo con sus nuevas variedades transgénicas modificadas (para sobrevivir al pesticida que la misma compañía produce), introduciendo información genética del agrotóxico en el ADN de la planta. Siguiendo esta línea, en 1996 se realizó por primera vez la clonación de un animal, la oveja Dolly, lo cual desencadenó especulaciones y controversia en torno a la clonación de seres humanos.
La genética auspiciaba por un lado un futuro prometedor para la ciencia, la medicina y la salud, y por el otro despertaba inquietudes bioéticas sobre la clonación humana y las consideraciones hacia los organismos vivientes desarrollados en condiciones de laboratorio para experimentación. El desarrollo de la genética y la biotecnología plantea cuestiones y dilemas que van desde la optimización de la salud y prolongación casi indefinida de la vida hasta el establecimiento de nuevas formas de eugenesia y la posibilidad de la clonación humana utilizando células madres como fuente de “repuestos” orgánicos para trasplantes por enfermedades o accidentes. Esta misma cuestión fue ilustrada en 2005 en la película “La isla” protagonizada por Ewan McGregor y Scarlett Johansson.
La cuestión subyacente que no se puede ignorar es el aspecto económico. La biotecnología es una consecuencia mercadotécnica de la utilización de la tecnología para la maximización del rendimiento de la producción de alimento. La genética ha transformado a la industria alimentaria al configurar su lógica según las demandas del mercado mundial y las condiciones tecnológicas disponibles.
La recombinación de información genética es considerada una forma de propiedad intelectual. Esto significa que la propiedad sobre lo viviente se ejerce ya no sobre una población o un conjunto de ejemplares sino sobre una especie y su información genética más allá de los individuos particulares. Monsanto, por ejemplo, comercializa sus semillas por medio de contratos de licencia de uso de su información genética como si fuera un software.

Control y moldeado informático de las formas de vida
De manera similar a la concepción genética de la vida como un proceso informático de una máquina digital, las neurociencias consideran a lo viviente como un proceso de transmisión de información molecular a través de un sistema nervioso. La expresión “el cerebro es como una computadora” es el más claro ejemplo de esto. Las neurociencias han proporcionado un modelo para pensar la inteligencia artificial y nuevas formas de vida post-orgánicas o sintéticas.
A comienzos del siglo XX la biología molecular postuló los principios de materia y memoria. Las partículas orgánicas registran una memoria “del pasado en el presente grabando un mensaje para el futuro”: esto dio lugar a especulaciones sobre la preservación de la vida mediante el almacenamiento de la información del cerebro en dispositivos de memoria digital. De la misma forma que surgieron las preguntas sobre la posibilidad de que las máquinas funcionen como seres humanos, aparecieron interrogantes sobre si el ser humano se ha vuelto o no progresivamente una máquina.
El sistema nervioso es el encargado de grabar en la memoria celular la información obtenida de los receptores neuronales, lo que se traduce en la posibilidad de modelar formas de vida orgánicas a nivel molecular por medio de la transmisión de información en forma de estímulos a las neuronas. Una manera sencilla de ilustrar esto es con el ejemplo de los criaderos industriales de pollos: allí se alteran los procesos metabólicos del animal simulando las condiciones de luz y oscuridad como también los patrones de alimentación, como estímulos nerviosos que graban en la memoria biológica una forma de vida orgánica asimilada a un proceso tecnológico.
El filósofo italiano contemporáneo Maurizio Lazzarato habla de noopolítica, una forma de control que moldea las formas de vida por medio de la transmisión directa al cerebro y a distancia de información inmaterial. Esto genera una forma de obediencia que en vez de estar motivada por una amenaza disciplinaria externa surge como una necesidad interior que responde a una memoria celular como destino biológico prefijado por el organismo. En esta misma línea Franco “Bifo” Berardi y Byung-Chul Han plantean el paradigma de la enfermedad mental como nuevo modelo de la salud basado en la “violencia neuronal”, resultado del exceso de información digital que se transmite sobre los delicados receptores neuronales. Esto sugiere que los medios de comunicación y tecnologías de la información operan como mecanismos que gobiernan los aspectos de la vida a nivel molecular como un proceso tecnológico de una máquina digital.

El umbral inestable de la vida entre la máquina y lo humano
La pregunta sobre la vida como problema científico es relativamente reciente, y ha mantenido una frontera móvil entre lo vivo y lo inanimado, lo animal y lo humano, y la consideración de lo viviente. El actual desarrollo científico -en especial en los campos de la biogenética y la informática- ha provocado una creciente intervención de procesos tecnológicos sobre la vida biológica que hacen ya indistinguible la diferencia entre la máquina y el humano. La vida ya no es considerada a partir de la experiencia biológica del organismo sino a partir del proceso de transmisión información genética a nivel molecular. La dimensión esencial de la vida se encontraría en el ADN y el registro de información genética codificada en sus cadenas de proteínas y ácido ribonucleico. La vida se ha desplazado de su centro del organismo viviente a la noción de mecanismo informático a nivel molecular. Lo viviente sería casi una exterioridad de la actividad genética en tanto la vida misma.
La genética y la informática han establecido nuevas tecnologías para la producción y control de la vida como forma de valor económico. Sin embargo, es imposible ignorar que la historia del hombre está íntimamente relacionada con la de sus artefactos y herramientas. ¿Cuál sería entonces la época que definiría ese momento? ¿Acaso la segunda mitad del siglo XIX, como sostienen los amish y menonitas? ¿O la era paleozoica, como proponen algunas dietas? ¿Acaso las máquinas se convierten cada día más en componentes humano, ya sea por medio de prótesis, dispositivos de “ayuda” mecánicos y electrónicos de todo tipo? ¿O, por el contrario, el humano se ha transformado paulatinamente en una máquina in-humana?
Entre la fobia y la fascinación alienada hacia la tecnología no se puede dejar de reconocer dos cuestiones que presenta la vida en sus condiciones de producción tecnológica a nivel molecular. En primer lugar, vale observar el establecimiento de nuevos principios de valoración de la vida en función de su generación económica. En segundo lugar, es evidente que la vida ha trascendido las fronteras de la biología y que nos encontramos ante la emergencia de nuevas formas de vida biológicas y sintéticas que han hecho obsoleta la distinción entre “natural” y “artificial”.
El temor a que las máquinas dominen a los humanos, reflejado en películas como Terminator, es falaz. Si una rebelión de las máquinas fuera posible, ya hubiera sucedido. En tal caso, seríamos ahora -como lo fuimos siempre- un dispositivo tecnológico, uno de los componentes de una máquina humana.