martes, 6 de diciembre de 2016

Worst Case Scenario 2016

2016 el año que vivimos en peligro: Organizando el pesimismo en la era de la felicidad

El comienzo del siglo XXI puso fin bruscamente al optimismo de los años 90. Esa década nos trajo internet, la música alternativa, cierta prosperidad económica, y un mundo unipolar  que prometía una paz perpetua como la planteada por Kant. Algunos afirmaban que habíamos llegado al fin de la historia, que los conflictos habían terminado, y emprendíamos un camino de progreso democrático indefinido.

En las elecciones presidenciales de los Estados Unidos del año 2000 se enfrentaban Al Gore y George Bush hijo. Gore buscaba continuar el periodo de ocho años de gobierno demócrata de las dos presidencias de Bill Clinton, y proponía salvar al mundo del cambio climático. George Bush intentaba dar una cara joven al proyecto político conservador del excepcionalismo norteamericano de su padre.
El controversial desenlace electoral puso en duda la legitimidad del proceso que encarnaba el ideal de la democracia. Algunos afirmaron que se había manipulado el conteo de votos en el Estado de la Florida (que gobernaba el hermano de George Bush), se había cometido fraude, y hasta insinuaron que se había dado un golpe un golpe de Estado.

El 2001 nos hizo testigos del atentado terrorista más espectacular de la historia. Reveló amenazas que no imaginábamos. Nos presentó nuevos super-villanos, y anunciaba nuevas tragedias.
En Argentina en el 2001 también vivimos una catástrofe que hizo perder la confianza en el orden constitucional democrático. La gente pedía “que se vayan todos”. De la Rúa se escapaba en helicóptero de la casa rosada. Y tuvimos cuatro presidentes en una semana.
Osama Bin Laden era el hombre más peligroso del mundo, Al Qaeda la mayor amenaza para occidente, y se declaró la yihad. Saddam Hussein era un dictador cruel que contaba con armas de destrucción masiva. La doctrina de la seguridad nacional había suspendido el habeas corpus en Estados Unidos. Y la democracia mostraba que no era infalible.

En el 2008, un episodio de la decimonovena temporada de los Simpson hacía una parodia de los años 90. En ese recuerdo que evocaba la vida de Marge y Homero antes de tener hijos, se hacía referencia al escándalo de sexual de Bill Clinton y Monica Lewinsky. En un tono muy irónico, Marge expresaba su indignación sosteniendo: “Nunca tendremos un peor presidente que Clinton, Jamás!”. Ese sarcasmo, en cierta medida, alude a algo que intentamos señalar aquí. Que lo que nos podía escandalizar en los 90 hoy ya ni nos impresiona. Es decir, que vivimos en un mundo más peligroso.

Los acontecimientos del 2001 nos presentaron una realidad aterradora. Entonces no podíamos imaginar que algo peor podría suceder.
Quince años más tarde Donald Trump -a través de un discurso racista, xenófobo, y misógino, que invoca los peores aspectos de la sociedad norteamericana- es electo presidente de los Estados Unidos.
Osama Bin Laden está muerto y Al Qaeda ya no existe. Pero estos dieron lugar a algo mucho peor. ISIS ocupa un vasto territorio que se extiende desde la inmediaciones de Aleppo en Siria hasta la provincia de Mossul en Irak, donde proponen crear un califato para conducir una yihad a nivel global.
En Europa los atentados terroristas son cada vez más frecuentes. La guerra en medio oriente ha provocado una crisis humanitaria y miles de refugiados buscan asilo frente a un creciente rechazo hacia los musulmanes en occidente.
La anexión de Crimea agudiza el conflicto entre Rusia y la OTAN en Ucrania. Kim Jong-un amenaza con una guerra nuclear. Las disputas territoriales en el Mar de China meridional genera tensiones con Estados Unidos.
Un delicado equilibrio mantiene al mundo al borde de la incertidumbre. Mientras tanto, una estabilidad precaria, basada en la confianza en que los líderes y potencias mundiales resolverán estos problemas, ofrece la promesa de felicidad.

En 1972 el escándalo de Watergate provocó la renuncia del presidente Nixon y reforzaba el papel del periodismo como mecanismo de control frente al Estado. Se hablaba de la prensa como un cuarto poder. En la actualidad las cadenas de medios de comunicación funcionan como aparatos de propaganda y difunden deliberadamente información de cuestionable validez o completamente falsa.

Edward Snowden, Julian Assange, y Wikileaks, expusieron al mundo que las agencias de seguridad espían nuestra información personal. En vez de ser considerados héroes, son acusados de traidores y perseguidos como criminales. Como fugitivos buscaron refugio preservando su libertad en el confinamiento de sus asilos.
Chelsea Manning y Aaron Swartz no corrieron la misma suerte. Manning fue condenada a 35 años de prisión por filtrar información clasificada sobre la guerra de Irak y Afganistán. Actualmente se encuentra encerrada en aislamiento y no se cuenta con información sobre su situación.
En 2013, a la edad de 26 años, Aaron Swartz cometió suicidio al ser acusado de delitos informáticos y enfrentar una condena de hasta cincuenta años y una multa de un millón de dólares. Swartz fué uno de los creadores de Reddit y participó en en el desarrollo del formato RSS y las licencias Creative Commons.

Pensadores como Zizek se refieren a nuestro tiempo como una era postideológica caracterizada por el cinismo. Ya no se intenta ocultar las cosas y todos sabemos que el Estado nos vigila, que la economía es explotación, y la política es dominación. Pero esto ya no nos molesta ni protestamos por ello. Solo queremos que nos exploten y dominen, pero que al menos nos traten bien.
El poder disciplinario se transformó en control. Ya no somos obligados sino que obedecemos voluntariamente. Nadie nos exige dar cuenta de donde estamos y que hacemos. Nosotros mismos brindamos deliberadamente esa información a través de redes sociales como Facebook, Twitter, o Instagram. Vivimos en una sociedad de la transparencia donde todo está expuesto.

Ya no creemos que la política pueda cambiar algo. El Estado está siendo desplazado por el mercado, dominado por el sistema financiero, la tecnología, y la información. El aumento de las deudas públicas obligan a los gobiernos a adoptar medidas de austeridad, suspender políticas sociales, y privatizar los servicios públicos.
Pasamos de la acción colectiva al individualismo. Nos replegamos en el ciberespacio y la realidad virtual. Reemplazamos la protesta por el ironismo privado. Nadie considera seriamente un cambio. Y el cine catástrofe pone en evidencia que podemos imaginar mil maneras en las que puede terminar el mundo pero ninguna para el fin del capitalismo.

Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad de exceso de positividad. Todo se nos está permitido: “Yes we can”, “Just do it”, “Imposible nothing”. Esta positividad no nos permite revelarnos ni cambiar nada. No hay nada contra que oponerse.
Pasamos de la obediencia al rendimiento. Las cárceles, cuarteles, hospitales, y manicomios dieron lugar a los gimnasios, las oficinas, bancos, y shoppings.
Contamos con innumerables maneras para aplacar nuestro malestar, desde el entretenimiento y la pornografía a los psicofármacos.

El nuevo género de la “teoría conspirativa” crea la fantasía de poder desenmascarar al responsable de nuestra opresión. La idea que detrás de todo se esconde alguien que deliberadamente quiere someternos. Esto asumiría la existencia de alguien que fuera inmune y pudiera controlar los poderes que se ejercen sobre nuestras vidas. Esto sería, un sujeto que no tiene Facebook, no utiliza Google, ni mira las noticias, y aun así pudiera ver todo sin quedar expuesto a la mirada del otro.
Esto incurre en una falacia. Hasta las personas poderosas están expuestas a estas mismas lógicas. Estas formas ejercen un poder total que no tiene excepción.
Entonces podríamos preguntarnos ¿Quién sería el responsable? ¿Quien es el victimario? Sin embargo sólo hay víctimas, o en el peor de los casos, todos somos nuestros victimarios.
Esto asume que alguien puede manejarnos como piezas de un juego. Pero incluso el que juega un juego queda sujeto a sus reglas. De alguna manera el jugador -aunque sea en un nivel superior- se vuelve también una pieza del mismo juego. Cuando jugamos de forma compulsiva parecería que es el juego el que está jugando con nosotros.

Todos en algún momento nos planteamos el dilema de la máquina del tiempo. La pregunta sobre: ¿Si pudiéramos retroceder en la historia, matariamos a Hitler para evitar la segunda guerra mundial?
En el caso de nuestro presente, ¿A quien deberíamos asesinar para evitar las catástrofes de nuestro tiempo? ¿Acaso Putin, Mark Zuckerberg, el presidente del fondo monetario internacional, Trump?
Es evidente que esto no tendría ningún efecto y todo seguiría su rumbo.

La imagen del tren sin control ilustra mejor nuestra situación que la del genio maligno. Ya no se trata de alguien que maneja nuestros destinos, sino de una fuerza desenfrenada fuera de control.
Son más los electorados que apoyan a Trump, Le Pen, y el Brexit, -y no los dictadores al estilo Hussein o Gadafi- que alimentan este fuego. Es decir que estos “males” ya no son exteriores a las democracias sino su propio producto.
El peligro ya no es un mal patógeno exterior que amenaza con contagiarnos, sino que se produce desde el mismo interior, como las enfermedades mentales, el estrés, y los nuevos síndromes nerviosos.

La moraleja de la película de Woody Allen “Medianoche en París” (2011) plantea que no hubo mejor tiempo que el presente. Pero aquí no proponemos un romanticismo nostálgico de los años 90.
En diciembre de 2015, un artículo de Bloomberg titulado “A pessimist’s guide to the world in 2016” escrito por Flavia Krause-Jackson, Mira Rojanasakul, y John Fraher, señalaba cuáles eran las diez peores cosas que podían suceder en 2016. La lista sostenía que lo peor que podía pasar este año era: El Brexit, una reacción anti-inmigratoria en Europa, que Rusia impusiera su agenda en Siria, el avance del calentamiento global, la caída de Dilma Rousseff en Brasil, y que Donald Trump ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.
Todo esto se cumplió casi como un postulado de la ley de Murphy: Todo lo que puede salir mal, saldrá mal.

Este artículo de Bloomberg pone en evidencia cierta narrativa apocalíptica de nuestra época. Vivimos un tiempo de los “Worst case scenarios”. Una lógica que plantea que para predecir lo que sucederá debemos imaginar lo peor. Lo sorprendente es que este razonamiento trágico funcionó. Imaginar lo peor que puede suceder, puede ser un método muy eficaz.

La creciente centralidad de las redes sociales en nuestras vidas señala varias cuestiones. Estos medios solo permiten expresar aprobación: Me gusta, estrellita, corazoncito, etc. Este código está sobredeterminado por lo positivo. Hasta el rechazo y desaprobación se manifiestan como afirmación.
Todos habremos notado esta paradoja alguna vez que alguien publica en Facebook cosas tristes, como que perdió el trabajo, o algún pariente falleció. La manera de expresar lamento o apoyo en estos casos es mediante un “Like”.
El desacuerdo u oposición ahora solo se puede expresar a través de “Me gusta”.

Facebook se ha vuelta una herramienta indispensable para cualquier movimiento u organización política o social. De allí se puede difundir y convocar a la acción. De esta manera, “nada menos” que un público de millones de personas alrededor del mundo, puede participar, contribuir y apoyar una cantidad de causas. Esto también se ha vuelto, “nada más”, que lo que podemos hacer.

La ficción utópica de la novela de Huxley presenta muchos paralelismos con nuestra época. Ya no tenemos que estar solos. La tecnología nos permite comunicarnos, conversar, tener encuentros amorosos, y hasta participar en protestas o en política a distancia. La tristeza se ha vuelto una enfermedad para la que existen una variedad de fármacos. La libertad y la democracia son valores cada vez compartidos más ampliamente. Contamos con una provisión creciente de bienes materiales e inmateriales para sofocar cualquier necesidad.
Algunos señalarían que vivimos en “un mundo feliz”. Vivimos dentro de una esfera nos protege de los “males” del exterior.
Cuando la única respuesta a la voz de alarma sobre los peligros que acechan desde dentro es “me gusta”, sugiere que la catástrofe es inminente. Cuando la felicidad constituye un riesgo en sí misma, lo único que nos queda es organizar el pesimismo.