martes, 27 de diciembre de 2016

Rogue One: Shakespeare va al espacio

Tal vez sea una exageración comparar Rogue One con la obra de Shakespeare. la guerra de las galaxias de una forma particular. Está presentada como un "spin-off" -una derivación independiente- de esta "franquicia" (así es como las llaman ahora: como si fuera un negocio) que cuenta ya con siete films; aunque funciona perfectamente como otro episodio más de la serie. Sin duda la decisión de excluir Rogue One de la secuencia de la guerra de las galaxias se debe a motivos comerciales. Recientemente los estudios Disney adquirieron los derechos de la historia y esta es su nueva forma de explotarla. 
Sin embargo esta película de acción y aventuras presenta algunos rasgos de tragedias como la de Hamlet. Esta historia se inscribe en la saga épica de
La película mantiene una fiel continuidad con la guerra de las galaxias con algunas sutiles diferencias que buscan distinguirla como una historia independiente de la saga, aunque al final de cuentas, lo único que cambia es la música y la omisión del texto inicial que introduce la narración. Incluso es más consistente con la película original de 1977 y sus secuelas, que la segunda trilogía realizada por George Lukas entre 1999 y 2005. Sin embargo los Skywakers no protagonizan esta historia y su papel es muy secundario, casi al nivel de un cameo. Rogue One mantiene la estructura narrativa de la saga y sus secuencias de acción. Combina batallas de naves en el espacio y enfrentamientos de tropas y unidades terrestres, pero, a diferencia de las demás películas, no tiene ninguna lucha de sables luminosos entre maestros jedi. Esta "vuelta a las raíces" y algunos lugares comunes hacen la trama un poco predecible. La dimensión narrativa tal vez descansa un poco en el atractivo visual del film y el rico legado del universo que ha creado. La película muestra el típico relato de una joven que debe emprender un viaje -que funciona como ritual de pasaje- y reencontrarse con su padre para asumir su destino heroico. Se une -con cierta reticencia- a la resistencia para enfrentar al poder del imperio. La clásica historia de David contra Goliath con un pequeño giro shakesperiano. Sin embargo, dentro de esta linealidad (por momentos un poco forzada), se presentan matices que brindan algunos de los elementos más atractivos de la narración. Los personajes muestran ambigüedades brindando cierta complejidad al típico relato de los buenos contra los malos. Aunque el papel del villano está claro desde el comienzo, la figura del héroe se resiste a su destino y sus acompañantes deben enfrentar dilemas morales poniendo a prueba su confianza. Este juego de traición y confianza se ve apremiado por una urgencia que demanda medidas drásticas que obligan a los personajes a actuar en contra de sus propias convicciones. En esta trama encuentran una oportunidad de redención. Más allá de esto, el otro gran atractivo de esta producción es el reparto de grandes figuras y actores prometedores. Entre ellos se destacan la protagonista Felicity Jones y su acompañante Diego Luna. Su contraparte es interpretada por Ben Mendelsohn, quien proviene de Australia, y aunque aún no es demasiado conocido en Hollywood ha demostrado un gran talento. El elenco cuenta con actores como Forrest Whitaker, el danés Mads Mikkelsen (que ha encarnado el villano de Casino Royale y al Doctor Lecter en la serie Hannibal), Riz Ahmed (quien recientemente protagonizó la aclamada serie de HBO "The night of"), y Jimmy Smits y Ben Daniels en papeles menores. Felicity Jones interpreta su personaje de manera muy convincente ofreciendo un carisma poco común en un héroe. Jones y Mendelsohn son una revelación que promete importantes carreras en Hollywood.
El director, Gareth Edwards, ha participado en pocas películas, pero todas ellas -como Godzilla (2014)- de gran complejidad técnica.
El tono dramático es matizado con situaciones de humor que dan toques de ingenio y hacen la película digerible para todo público. Estas simpáticas intervenciones garantizan a Rogue One una audiencia muy amplia (desde sus fieles seguidores hasta los más jóvenes) dificultando que sea considerada un drama serio: una aspiración que podría llegar a alcanzar.
Las escenas de acción son sin duda un gran atractivo visual para la audiencia y contribuyen correctamente con el relato brindando momentos de suspenso a la narración. Los efectos especiales forman parte del mismo relato y son fundamentales para recrear su universo espacial. La acción está bien administrada. Personalmente es lo que me resultó menos atractivo. Pero ofrece a los fanáticos la oportunidad de ver un espectacular diseño de naves, vehículos, armas y uniformes.
De la misma manera que la ambigüedad de los personajes, el destino trágico -al estilo shakesperiano- brinda el principal atractivo de la historia. Para decirlo de otra forma [spoiler alert] no esperen volver a ver a estos personajes en otra película de la guerra de las galaxias. Esto, junto a un éxito a medias -como una victoria a lo pirro (al precio de un enorme sacrificio)- le da a Rogue One un carácter dramático que la distancia de una película infantil. 
Los fanáticos de la saga encontrarán gran deleite en este film. Aquellos que son imparciales a la reputación de la guerra de las galaxias podrían encontrar interesante este especie de Hamlet en el espacio.



domingo, 18 de diciembre de 2016

The man in the high castle: Una historia alternativa


Se acaba de estrenar la segunda temporada de la adaptación de Amazon para la pantalla chica de la novela The man in the high castle. Este libro de Phillip K. Dick, autor de celebres obras llevadas al cine -como Blade Runner, Minority Report y Total Recall-, relata una historia alternativa en la que Alemania nazi gana la segunda guerra mundial.
La acción se sitúa en los años 60 y un Estados Unidos dominado por el tercer reich y el imperio del Japón. Este thriller narra un relato de intriga y suspenso y la historia de un mundo distópico.
Aunque esta serie tal vez no sea demasiado "entretenida" no deja de ser atractiva. El comienzo de la trama de la primera temporada es un poco lento pero logra tomar ritmo a medida que avanzan los capítulos hasta su climax en los episodios finales. Sin embargo el fondo en el que está enmarcado el relato narra una historia rica en imágenes y símbolos. Este mundo imaginario constituye un gran encanto de esa temporada. Los detalles de la vida cotidiana bajo los regímenes dictatoriales alemán y japonés pueden cautivar al espectador. Desde las escuelas, los comercios, los vehículos, los monumentos, los aeropuertos, y la arquitectura en general, testimonian las formas de vida de una cultura hibridada por la dominación de las potencias del eje.
La trama entrecruza la historia de dos personajes que parten de las costas opuestas del territorios de lo que era los Estados Unidos ahora ocupados por Alemania y Japón. Juliana Crain (interpretada por Alexa Davalos) quien vive en la ciudad de San Francisco descubre un secreto que la involucrará en una misión de espionaje para un movimiento secreto de resistencia. Frank Frink (Rupert Evans), un agente secreto nazi, parte desde Nueva York con el propósito de infiltrarse en ese grupo. Sus destinos se ven entrelazados poniendo a prueba su confianza y lealtad.
Estos personajes se ven envueltos en una conspiración mucho más compleja que involucra los destinos de el imperio japonés, el reich alemán, y la resistencia norteamericana. Esta historia densa, pero no demasiada complicada, revela lentamente indicios de un desenlace inesperado.
Aunque con un ritmo propio de la novela, una intriga atrapante es planteada desde el comienzo.
Esta serie presenta un propuesta visual -que aunque no llega a la calidad de las producciones cinematográficas actuales, es- fascinante. La ambientación y escenarios creados digitalmente son muy sugerentes. 
El aspecto más pobre de esta realización es el reparto, que carece de grandes figuras, y la actuación no siempre resulta convincente.
Estrenada en enero del 2015, The man in the high castle tuvo una muy buena recepción por parte de la crítica y el público. Fué la serie de Amazon más vista y rápidamente se anunció una nueva temporada que se estrenó en diciembre de este año.
La segunda temporada continúa la historia con una trama más dinámica y mayor intriga. Por otro lado, el fondo, deja de tener el mismo efecto de novedad, trasladando la atención al foco de la acción.



Las dos temporadas de The man in the high castle están disponibles a través de la plataforma de Amazon.





 

Snowden: Un héroe de nuestro tiempo

La película Snowden amerita una reseña y una breve breve reflexión.

Oliver Stone lo ha hecho otra vez. Se lo podría considerar un director de cine "militante". Su posición es clara y ya la ha manifestado en sus dramas históricos como Pelotón, JFK, Nixon, y sus documentales sobre la historia de Estados Unidos, y Hugo Chávez.
Snowden es un film biográfico actual que se acerca más a películas como La red social de David Fincher. En esta ficcionalización del presente vuelve a asumir su posición crítica respecto de la política de seguridad nacional del gobierno de los Estados Unidos. Stone reivindica en la figura estoica de Snowden la imagen de un héroe de nuestro tiempo. El protagonista encarna un sujeto con un talento extraordinario y un coraje aún mayor. Una persona lúcida que tiene muy claro como resolver sus dilemas morales que puede calcular sus acciones casi con la precisión de una máquina.

En 2013, Edward Snowden, -un joven de 29 años que trabajaba como contratista para la NSA (National Security Agency)- fué responsable de la filtración de información de inteligencia más grande de la historia. En desacuerdo con la política de vigilancia y violación de los derechos de privacidad de la información personal, hizo públicas estas actividades revelando esta noticia al diario británico The Guardian. 
El hecho tuvo gran trascendencia en los medios de todo el mundo e importantes repercusiones políticas. El presidente Obama tuvo que respaldar estas medidas de su gobierno ante las críticas de la opinión pública internacional, Snowden fue declarado un traidor, e inmediatamente se ordenó su captura.

La película logra relatar esta historia tan reciente y conocida con cierto ingenio. Su estructura narrativa consigue brindarle alguna tensión y suspenso a esta trama que ya tiene un final conocido. Combina un valor testimonial con el encanto visual de las grandes producciones de Hollywood. 
Joseph Gordon-Levitt (El origen y Batman: El caballero de la noche) reafirma su talento actoral personificando a un Snowden un tanto idealizado. Lo acompaña un gran reparto conformado por figuras como Shailene Woodley (la saga de Divergente), y Nicholas Cage entre otros.

El nombre de Oliver Stone garantiza calidad de producción y repercusión polémica. Su postura es muy evidente. También lo son algunos excesos utilizados para dar mayor efecto dramático al relato. A pesar de todo la película logra una fidelidad con los acontecimientos y el compromiso político del director.

El resultado cinematográfico es bueno, aunque tal vez este aspecto sea un poco opacado por el valor testimonial de la historia. El dominio del lenguaje visual de este veterano director ofrece una narración llena de matices y sutilizas. La película mantiene un ritmo constante a lo largo de sus dos horas y cuarto de duración respetando la estructura de introducción, nudo, y desenlace, a pesar de un relato no lineal cargado de flashbacks.

Este es un film fundamental para aquellos que todavía no conocen la historia de Edward Snowden como para quienes ya tienen una opinión formada sobre sus acciones.

Esta película permite una reflexión sobre los efectos del uso político de la tecnología, la amenaza que esto constituye para nuestra privacidad, los dilemas y alternativas de lo que se puede hacer al respecto. 

El mundo del espionaje en la posmodernidad es muy diferente al glamuroso estilo de James Bond. Los seductores superagentes maduros han dado lugar a nerds y hackers alejados de la acción.

Tal vez la principal paradoja que plantea el caso Snowden sea que la amenaza no se encuentre afuera sino adentro. No fueron espías chinos o rusos quienes revelaron todos esos secretos, sino uno de los suyos. 
Por otro lado sugiere que, en estos tiempos, la traición puede ser un acto supremo de patriotismo.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Fuimos todos: 10 años de Hollywood in Cambodia en Galería Unión



Fuimos todos: Diez años de Hollywood in Cambodia. Se cumplen diez años de Hollywood in cambodia (HIC), el colectivo de artistas que se reúne en el espacio que lleva el mismo nombre. HIC designa un grupo, un lugar, y un proyecto artístico. La calle fue su principal medio de expresión. Su obra adoptó el formato del mural y las técnicas del stencil y el graffiti. Aunque esto los emparenta y acerca al street art, su pintura presenta rasgos estilísticos del arte contemporáneo. Durante diez años HIC fue un centro de experimentación y difusión de este esta forma de arte callejero que pasó de la pared al lienzo. Estos artistas -Malatesta, Run don't walk, Tec, Gonzalo, y el negro- han desarrollado estilos propios pero comparten la misma visión despreocupada por los mandatos del mercado y las instituciones del arte. En esta muestra HIC expone una obra producida de forma colaborativa. “Fuimos todos” hace referencia a la participación grupal en la realización de estas piezas. En cada pintura intervinieron todos. Esto propone un gesto muy contemporáneo sobre el anonimato que brinda la multitud y una crítica a la figura de autor en el arte. Esta experementación que logra trascender los límites expresivos del arte, propia de las vanguardias estéticas, muestra la capacidad de estos artistas, y las posibilidades que todavía ofrece la pintura. Por esta razón, esta obra, como los artistas de HIC, merecen un lugar en el arte contemporáneo.


Cerca de un mes atrás los artistas de Hollywood in Cambodia me hablaron de su próxima muestra en la galería unión. Me contaron sobre su décimo aniversario y la idea que tenían. Los pude ver trabajando en lo que sería esta exhibición. Apenas empezaba a tomar forma. Partía de un concepto muy interesante: la realización y el autor colectivo. Era una verdadera obra grupal. Toda la obra es atribuida al conjunto de los artistas.
Esto implicaba establecer cierta unidad entre las variedades de géneros y estilos que cada uno suele utilizar. Un diálogo que amalgame la pluralidad de voces sincronizadas en una misma modulación de lo distinto. Un encuentro en una originalidad compartida.

En esa reunión varias veces se repitió la idea de lo genuino, independiente de las modas y las tendencias en el mundo del arte. Como si ahora lo anacrónico fuera lo más moderno o viceversa. 
Esto no puede evadir las preguntas sobre el adentro y el afuera del mundo del arte. ¿No es acaso querer estar "afuera" un gesto típico de la vanguardia? ¿Como es el artista anónimo de esta muestra que "reñiega" (justamente) de los que es la función del artista? (La función de atribuir una obra a un sujeto, a un nombre propio).

En otro sentido, una obra colectiva como esta, también implica un trabajo de componer la sensación de un estilo unificado, desarrollar los dispositivos técnicos de producción, los procedimientos de trabajo, el compromiso grupal, y el deseo compartido.

Me contaban que el proceso de producción fue como una experiencia de convivencia. De vivir, respirar, comer, beber, y emborracharse, en el mismo arte durante varios días seguidos.
Una manera de revivir y actualizar la trayectoria de diez años de historia juntos.

La muestra en la galería Unión sería el punto de culminación de esa historia.





La película “24 hour party people” comienza relatando un episodio sobre uno de los primeros recitales de los Sex Pistols. La particularidad de esa situación era que la banda tocaba para un auditorio prácticamente vacío. La singularidad que señala el narrador es que allí -a pesar de la reducida concurrencia- se estaba desarrollando un acontecimiento que transformaría el mundo de la música de manera contundente.
Esa escena sirve para ilustrar el fenómeno cultural generado por Hollywood in Cambodia. Esto, sin embargo, tampoco sería del todo justo, ya que HIC cumple una década, y compararlo con un recital en un lugar vacío es más que una exageración. De todas formas esta comparación sirve para señalar que el fenómeno cultural producido en este espacio todavía no ha alcanzado el reconocimiento que merece. Lo cual, no significa que HIC, ni el colectivo de artistas detrás de él, se encuentren en el anonimato, sino que el mundo todavía no ha descubierto lo que allí se gesta y ramifica dentro del arte.
Cabe señalar que para este grupo de artistas, esta iniciativa nunca tuvo el propósito de agradar a un gran público complaciente. Por el contrario, siempre preservaron su autenticidad, espíritu independiente, y generosidad desinteresada. Nunca aspiraron a formar parte del circuito del arte. Cómo artistas que pintan en las calles, mantuvieron cierto perfil clandestino, tan necesario para desarrollar ese oficio.
Estos artistas establecieron en HIC un ámbito para asentar, difundir, y promover su actividad. Desde sus inicios sus puertas estuvieron abiertas a sus colegas -tanto locales cómo internacionales, así cómo novatos y experimentados- para realizar y exponer allí sus obras. Su compromiso con brindar ese medio siempre se opuso a cualquier fin comercial. Lo que preservó el carácter genuino del proyecto.

HIC es un centro de la cultura urbana donde se expresa el street art y otras formas de arte contemporáneo. Un sitio que permitió plasmar en el lienzo (cómo otro tipo de soportes) la pintura que se desplegaba sobre las paredes de la ciudad. Un espacio de tránsito -del arte callejero- hacia otras formas, medios, y maneras de circulación. Un lugar que estableció nuevos diálogos entre géneros y estilos actuales con el arte contemporáneo.
Esta falta de restricción y desinterés por seguir las tendencias brindó las condiciones para desarrollar la originalidad. Decir que HIC está consagrado exclusivamente al stencil y al graffiti es una subestimación. Esto no significa que no encontremos allí ese tipo de recursos expresivos, sino que la evolución del arte y los artistas que allí residen y exponen ha trascendido -a veces sin abandonar- el street art.
HIC ha invitado al street art a manifestarse por otros medios acercándolo a nuevos géneros y estilos.

Diez años no pasan vano. Este tiempo no solo ha permitido a los artistas de HIC a desarrollar su obra y trayectorias. También ha visto la transformación del street art en un nuevo fenómeno cultural. El reconocimiento que ha adquirido este estilo -a partir de artistas cómo Banksy y Shepard Fairey- ha cautivado el interés del circuito y el mercado del arte, asi cómo el del gran público. La manera en cómo el street art le ha devuelto un poder crítico y capacidad provocadora -a una (en algunos casos) ya domesticada pintura- casi le ha atribuido el estatuto de vanguardia artística.
El arte de HIC se resiste a ser asimilado por el convencionalismo institucional de los anales y el museo. Pero cómo otras vanguardias que sucumbieron a este reconocimiento, este podría ser el destino de HIC. Tal vez nos estamos adelantando un poco y ese sea un tema para otro aniversario.
El presente de la década recorrida por HIC nos brinda una obra pujante, llena de vitalidad, que promete seguir renovando nuestra visión del arte.

La mejor serie de televisión del 2016: The young pope

La mejor serie de televisión del 2016: The young pope


Sin aviso, presagio, ni augurio, en noviembre del 2016 se estrenó en Europa la serie protagonizada por Jude Law, The young pope . Su premiere mundial será en  enero del 2017 por HBO.

The young pope es sin lugar a dudas la mejor serie del 2016. Así como en 2015 Mr. Robot marcó un suceso televisivo, The young pope, es parte de ese acontecimiento que ha llevado el formato televisivo hacia el lenguaje propio del cine.
Las series son hoy como el nuevo cine de autor. Ya no son tanto un entretenimiento como una forma de arte. En esta linea The young pope propone una experiencia cinematográfica a través del formato de la serie.

Una ficción, basada en el presente, de un papa "joven", Pio XIII, el primer papa estadounidense. La serie relata la intimidad del circulo de poder del Vaticano. Narra una historia mundana sobre los asuntos de la iglesia y el trabajo del papa.
Propone una mirada siempre al borde de un cinismo entre el pragmatismo burocrático y el ejercicio desnudo de la soberanía. Sin duda una historia de poder, secreto, y conspiración, más que de fé.
Muestra la iglesia como lo que es, una institución que constituye la continuidad del imperio romano: en una configuración ya muy singular.

Pio XIII es un papa ultraconservador que representa lo más retrógrado del dogma cristiano. Un papa muy contrario a otros como Juan Pablo II, ó Francisco; y bastante más a la derecha que Ratzinger, pero en vez de viejo, jóven. Pio XIII es un papa preocupado en como mantener su poder y el de la iglesia más que en las necesidades de sus creyentes.

Esta producción italiana es de Paolo Sorrentino, director de la película La grande belleza, galardonada con el Oscar en 2013. La serie combina una trama de drama e intriga, un riquísimo lenguaje visual, un uso del tiempo, y contrastes entre silencio y sonido, muy interesantes.
Esta serie muestra un valor de producción similar -incluso hasta más alto (por estar en el Vaticano)- que las series norteamericanas. Esta es una realización multinacional en la que intervienen, Italia, Francia, Inglaterra, España, y los Estados Unidos.

Protagonizada por Jude Law y un gran elenco europeo y de Hollywood, The young pope brinda grandes actuaciones que le dan mucha consistencia a esta ficción basada en el presente.

La historia parecería ir a "contrapelo" de la nueva narrativa de la muerte de los grandes relatos al retomar un tema que pretenda cierta "universalidad", sin embargo presenta una mirada muy contemporánea de ciertas miradas de las instituciones tradicionales como la iglesia católica.
En esa tensión entre lo antiguo y lo posmoderno es que funciona The young pope. Propone un lenguaje estético -como diría Terry Smith- "retrosensacionalista".

Apenas se estrenó IMDB calificó esta serie con una puntuación de 6,5 sobre 10. No suelo mirar series que tengan calificaciones de más de 7,5 puntos, pero de todas formas la temática llamó mi atención. El primer capítulo resultó sugestivo. El segundo alimentó la intriga. Después del tercero ya no podía de dejar de ver esta serie.
The young pope tal vez requiera cierto tiempo para que su público se acomode a su ritmo. 
Un mes después del estreno, la calificación de IMDB de The young pope ha subido a 8,5 puntos.

Al parecer el público se está acomodando bastante rápido a este serie.

En mi caso ya estoy esperando la segunda temporada con ansias.






martes, 6 de diciembre de 2016

Worst Case Scenario 2016

2016 el año que vivimos en peligro: Organizando el pesimismo en la era de la felicidad

El comienzo del siglo XXI puso fin bruscamente al optimismo de los años 90. Esa década nos trajo internet, la música alternativa, cierta prosperidad económica, y un mundo unipolar  que prometía una paz perpetua como la planteada por Kant. Algunos afirmaban que habíamos llegado al fin de la historia, que los conflictos habían terminado, y emprendíamos un camino de progreso democrático indefinido.

En las elecciones presidenciales de los Estados Unidos del año 2000 se enfrentaban Al Gore y George Bush hijo. Gore buscaba continuar el periodo de ocho años de gobierno demócrata de las dos presidencias de Bill Clinton, y proponía salvar al mundo del cambio climático. George Bush intentaba dar una cara joven al proyecto político conservador del excepcionalismo norteamericano de su padre.
El controversial desenlace electoral puso en duda la legitimidad del proceso que encarnaba el ideal de la democracia. Algunos afirmaron que se había manipulado el conteo de votos en el Estado de la Florida (que gobernaba el hermano de George Bush), se había cometido fraude, y hasta insinuaron que se había dado un golpe un golpe de Estado.

El 2001 nos hizo testigos del atentado terrorista más espectacular de la historia. Reveló amenazas que no imaginábamos. Nos presentó nuevos super-villanos, y anunciaba nuevas tragedias.
En Argentina en el 2001 también vivimos una catástrofe que hizo perder la confianza en el orden constitucional democrático. La gente pedía “que se vayan todos”. De la Rúa se escapaba en helicóptero de la casa rosada. Y tuvimos cuatro presidentes en una semana.
Osama Bin Laden era el hombre más peligroso del mundo, Al Qaeda la mayor amenaza para occidente, y se declaró la yihad. Saddam Hussein era un dictador cruel que contaba con armas de destrucción masiva. La doctrina de la seguridad nacional había suspendido el habeas corpus en Estados Unidos. Y la democracia mostraba que no era infalible.

En el 2008, un episodio de la decimonovena temporada de los Simpson hacía una parodia de los años 90. En ese recuerdo que evocaba la vida de Marge y Homero antes de tener hijos, se hacía referencia al escándalo de sexual de Bill Clinton y Monica Lewinsky. En un tono muy irónico, Marge expresaba su indignación sosteniendo: “Nunca tendremos un peor presidente que Clinton, Jamás!”. Ese sarcasmo, en cierta medida, alude a algo que intentamos señalar aquí. Que lo que nos podía escandalizar en los 90 hoy ya ni nos impresiona. Es decir, que vivimos en un mundo más peligroso.

Los acontecimientos del 2001 nos presentaron una realidad aterradora. Entonces no podíamos imaginar que algo peor podría suceder.
Quince años más tarde Donald Trump -a través de un discurso racista, xenófobo, y misógino, que invoca los peores aspectos de la sociedad norteamericana- es electo presidente de los Estados Unidos.
Osama Bin Laden está muerto y Al Qaeda ya no existe. Pero estos dieron lugar a algo mucho peor. ISIS ocupa un vasto territorio que se extiende desde la inmediaciones de Aleppo en Siria hasta la provincia de Mossul en Irak, donde proponen crear un califato para conducir una yihad a nivel global.
En Europa los atentados terroristas son cada vez más frecuentes. La guerra en medio oriente ha provocado una crisis humanitaria y miles de refugiados buscan asilo frente a un creciente rechazo hacia los musulmanes en occidente.
La anexión de Crimea agudiza el conflicto entre Rusia y la OTAN en Ucrania. Kim Jong-un amenaza con una guerra nuclear. Las disputas territoriales en el Mar de China meridional genera tensiones con Estados Unidos.
Un delicado equilibrio mantiene al mundo al borde de la incertidumbre. Mientras tanto, una estabilidad precaria, basada en la confianza en que los líderes y potencias mundiales resolverán estos problemas, ofrece la promesa de felicidad.

En 1972 el escándalo de Watergate provocó la renuncia del presidente Nixon y reforzaba el papel del periodismo como mecanismo de control frente al Estado. Se hablaba de la prensa como un cuarto poder. En la actualidad las cadenas de medios de comunicación funcionan como aparatos de propaganda y difunden deliberadamente información de cuestionable validez o completamente falsa.

Edward Snowden, Julian Assange, y Wikileaks, expusieron al mundo que las agencias de seguridad espían nuestra información personal. En vez de ser considerados héroes, son acusados de traidores y perseguidos como criminales. Como fugitivos buscaron refugio preservando su libertad en el confinamiento de sus asilos.
Chelsea Manning y Aaron Swartz no corrieron la misma suerte. Manning fue condenada a 35 años de prisión por filtrar información clasificada sobre la guerra de Irak y Afganistán. Actualmente se encuentra encerrada en aislamiento y no se cuenta con información sobre su situación.
En 2013, a la edad de 26 años, Aaron Swartz cometió suicidio al ser acusado de delitos informáticos y enfrentar una condena de hasta cincuenta años y una multa de un millón de dólares. Swartz fué uno de los creadores de Reddit y participó en en el desarrollo del formato RSS y las licencias Creative Commons.

Pensadores como Zizek se refieren a nuestro tiempo como una era postideológica caracterizada por el cinismo. Ya no se intenta ocultar las cosas y todos sabemos que el Estado nos vigila, que la economía es explotación, y la política es dominación. Pero esto ya no nos molesta ni protestamos por ello. Solo queremos que nos exploten y dominen, pero que al menos nos traten bien.
El poder disciplinario se transformó en control. Ya no somos obligados sino que obedecemos voluntariamente. Nadie nos exige dar cuenta de donde estamos y que hacemos. Nosotros mismos brindamos deliberadamente esa información a través de redes sociales como Facebook, Twitter, o Instagram. Vivimos en una sociedad de la transparencia donde todo está expuesto.

Ya no creemos que la política pueda cambiar algo. El Estado está siendo desplazado por el mercado, dominado por el sistema financiero, la tecnología, y la información. El aumento de las deudas públicas obligan a los gobiernos a adoptar medidas de austeridad, suspender políticas sociales, y privatizar los servicios públicos.
Pasamos de la acción colectiva al individualismo. Nos replegamos en el ciberespacio y la realidad virtual. Reemplazamos la protesta por el ironismo privado. Nadie considera seriamente un cambio. Y el cine catástrofe pone en evidencia que podemos imaginar mil maneras en las que puede terminar el mundo pero ninguna para el fin del capitalismo.

Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad de exceso de positividad. Todo se nos está permitido: “Yes we can”, “Just do it”, “Imposible nothing”. Esta positividad no nos permite revelarnos ni cambiar nada. No hay nada contra que oponerse.
Pasamos de la obediencia al rendimiento. Las cárceles, cuarteles, hospitales, y manicomios dieron lugar a los gimnasios, las oficinas, bancos, y shoppings.
Contamos con innumerables maneras para aplacar nuestro malestar, desde el entretenimiento y la pornografía a los psicofármacos.

El nuevo género de la “teoría conspirativa” crea la fantasía de poder desenmascarar al responsable de nuestra opresión. La idea que detrás de todo se esconde alguien que deliberadamente quiere someternos. Esto asumiría la existencia de alguien que fuera inmune y pudiera controlar los poderes que se ejercen sobre nuestras vidas. Esto sería, un sujeto que no tiene Facebook, no utiliza Google, ni mira las noticias, y aun así pudiera ver todo sin quedar expuesto a la mirada del otro.
Esto incurre en una falacia. Hasta las personas poderosas están expuestas a estas mismas lógicas. Estas formas ejercen un poder total que no tiene excepción.
Entonces podríamos preguntarnos ¿Quién sería el responsable? ¿Quien es el victimario? Sin embargo sólo hay víctimas, o en el peor de los casos, todos somos nuestros victimarios.
Esto asume que alguien puede manejarnos como piezas de un juego. Pero incluso el que juega un juego queda sujeto a sus reglas. De alguna manera el jugador -aunque sea en un nivel superior- se vuelve también una pieza del mismo juego. Cuando jugamos de forma compulsiva parecería que es el juego el que está jugando con nosotros.

Todos en algún momento nos planteamos el dilema de la máquina del tiempo. La pregunta sobre: ¿Si pudiéramos retroceder en la historia, matariamos a Hitler para evitar la segunda guerra mundial?
En el caso de nuestro presente, ¿A quien deberíamos asesinar para evitar las catástrofes de nuestro tiempo? ¿Acaso Putin, Mark Zuckerberg, el presidente del fondo monetario internacional, Trump?
Es evidente que esto no tendría ningún efecto y todo seguiría su rumbo.

La imagen del tren sin control ilustra mejor nuestra situación que la del genio maligno. Ya no se trata de alguien que maneja nuestros destinos, sino de una fuerza desenfrenada fuera de control.
Son más los electorados que apoyan a Trump, Le Pen, y el Brexit, -y no los dictadores al estilo Hussein o Gadafi- que alimentan este fuego. Es decir que estos “males” ya no son exteriores a las democracias sino su propio producto.
El peligro ya no es un mal patógeno exterior que amenaza con contagiarnos, sino que se produce desde el mismo interior, como las enfermedades mentales, el estrés, y los nuevos síndromes nerviosos.

La moraleja de la película de Woody Allen “Medianoche en París” (2011) plantea que no hubo mejor tiempo que el presente. Pero aquí no proponemos un romanticismo nostálgico de los años 90.
En diciembre de 2015, un artículo de Bloomberg titulado “A pessimist’s guide to the world in 2016” escrito por Flavia Krause-Jackson, Mira Rojanasakul, y John Fraher, señalaba cuáles eran las diez peores cosas que podían suceder en 2016. La lista sostenía que lo peor que podía pasar este año era: El Brexit, una reacción anti-inmigratoria en Europa, que Rusia impusiera su agenda en Siria, el avance del calentamiento global, la caída de Dilma Rousseff en Brasil, y que Donald Trump ganara las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.
Todo esto se cumplió casi como un postulado de la ley de Murphy: Todo lo que puede salir mal, saldrá mal.

Este artículo de Bloomberg pone en evidencia cierta narrativa apocalíptica de nuestra época. Vivimos un tiempo de los “Worst case scenarios”. Una lógica que plantea que para predecir lo que sucederá debemos imaginar lo peor. Lo sorprendente es que este razonamiento trágico funcionó. Imaginar lo peor que puede suceder, puede ser un método muy eficaz.

La creciente centralidad de las redes sociales en nuestras vidas señala varias cuestiones. Estos medios solo permiten expresar aprobación: Me gusta, estrellita, corazoncito, etc. Este código está sobredeterminado por lo positivo. Hasta el rechazo y desaprobación se manifiestan como afirmación.
Todos habremos notado esta paradoja alguna vez que alguien publica en Facebook cosas tristes, como que perdió el trabajo, o algún pariente falleció. La manera de expresar lamento o apoyo en estos casos es mediante un “Like”.
El desacuerdo u oposición ahora solo se puede expresar a través de “Me gusta”.

Facebook se ha vuelta una herramienta indispensable para cualquier movimiento u organización política o social. De allí se puede difundir y convocar a la acción. De esta manera, “nada menos” que un público de millones de personas alrededor del mundo, puede participar, contribuir y apoyar una cantidad de causas. Esto también se ha vuelto, “nada más”, que lo que podemos hacer.

La ficción utópica de la novela de Huxley presenta muchos paralelismos con nuestra época. Ya no tenemos que estar solos. La tecnología nos permite comunicarnos, conversar, tener encuentros amorosos, y hasta participar en protestas o en política a distancia. La tristeza se ha vuelto una enfermedad para la que existen una variedad de fármacos. La libertad y la democracia son valores cada vez compartidos más ampliamente. Contamos con una provisión creciente de bienes materiales e inmateriales para sofocar cualquier necesidad.
Algunos señalarían que vivimos en “un mundo feliz”. Vivimos dentro de una esfera nos protege de los “males” del exterior.
Cuando la única respuesta a la voz de alarma sobre los peligros que acechan desde dentro es “me gusta”, sugiere que la catástrofe es inminente. Cuando la felicidad constituye un riesgo en sí misma, lo único que nos queda es organizar el pesimismo.